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La dama.

Érase una vez que se era en un lugar muy lejano más hermoso de lo que puedas imaginar, en un mundo tan gris y zafio que la persona más amable eran tan malvada como aquella de corazón más puro y maléfico, había una pequeña aldea.

Allí no vivía nadie importante. Ninguna hazaña importante se produjo ni se gestó y nadie pasó a la historia por nada que merezca reseñarse.
Pero como en la vida de toda persona humilde y apocada siempre hay un momento que, aunque no sea extraordinario para muchos ni merezca siquiera una nota a pie del libro más malo del mundo, le llena a uno el corazón y le llena de ilusión durante un tiempo y lo cuenta orgulloso a sus nietos, porque no le pasó a otra persona ni sucedió de otro modo. Le sucedió a él.

Se que no os sorprenderá. Y que seguramente nadie, absolutamente nadie, lo aprecie. “Es algo común”. O pensareis “no veo el qué”, pero debéis pensar que era otra época y otro momento. No había televisión. No había cine. No había periódicos. Solo existía el boca a boca y las historias llegaban distorsionadas. Por allí no pasaban marqueses ni duques ni condes ni mucho menos el rey, salvo que pasaran de incógnito, que en tal caso, al no existir fotos ni nadie haber estado en una ciudad de verdad, no lo podrían saber.

El caso es que él solo tenia una mula. Tenia más cosas, desde luego. Una casa, un terrenito que daba patatas y tomates. Un cerdo y gallinas ponedoras. Aún así, en realidad, todo era de su señor suegro, menos la mula.

Un día iba montado sobre la mula bajando al pueblo para comprar un cubo y ver a su madre, donde pasaría la noche, cuando de pronto se le cruzó un zorro tan cerca, tan cerca, que la mula se asustó y lo tiró al suelo. Al caer se rompió un brazo y se torció el tobillo, con lo que no se pudo levantar. El pueblo estaba muy cerca, pero el camino era segundario y nadie pasaba por allí.

Al principio le dolía tanto y tanto que no podía aguantar el dolor y se desmayó, luego al despertar el cuerpo lo tenia tan frío y entumecido que ya no le dolía, pero tampoco se podía mover.

Y entonces pasó. Era la noche más hermosa que uno pueda imaginar. La vida, los animales, incluso las plantas parecían cantar. Las estrellas brillaban y el río susurraba solo para él. Y aquella doncella le miró y le sonrió. Brillaba. No había luz, pero por lo más sagrado, brillaba. No le tocó, no le dijo una palabra pero empezó a notar que se desentumecía y ya no le dolía nada, ni siquiera el brazo que seguía roto.

Se agachó y le metió un anillo en la boca y comenzó a desnudarle. Le untó el cuerpo de una suave crema y le colocó el hueso del brazo en su sitio, sin dolor. Y después le vendó y le volvió a colocar la ropa. Por último le quito el anillo y el dolor volvió, pero suave. El pie no le dolía, solo el brazo, pero era soportable. Ella se agachó sobre él y le besó y posteriormente le quitó la bolsa del dinero y se llevó la mula.

Cuando volvió a casa ya salía el sol. Estaba tiritando y mojado por la escarcha, con fiebre.
Les contó la historia a sus suegros y a su esposa, los cuales no la creyeron por absurda. “Al caer, los bandidos te robaron, idiota. Y todo el resto de la historia es culpa de la fiebre”.
Pero él sabia que tenia razón. Un bandido no le habría curado, habría dejado que se muriera. ¿Quizá un ángel? ¿Un espíritu del campo?
Nunca lo sabría, solo sabia que esa noche le había salvado la vida y que no le robó, tan solo cobró sus servicios por curarle.

Nunca más la vio y nadie la conocía en el pueblo. Todo el mundo estuvo de acuerdo en que fue producto de la fiebre.

Pero él sabia que aunque no fue algo extraordinario para muchos ni merecía siquiera una nota a pie del libro más malo del mundo, le llenaba el corazón y le llenaba de ilusión durante un tiempo y lo contaba orgulloso a sus nietos, porque no le pasó a otra persona ni sucedió de otro modo. Le sucedió a él.

One Response to “La dama.”

  1. Sota Says:

    (aplausos)

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