Archive for May, 2009

LOL? Anda y vete al peo.

Posted in Cosas que contar on May 30th, 2009

Yo soy el primero que alguna vez he usado emoticones. No soy partidario de su uso si se convierte en un abuso, pero entiendo que a veces, debido a la inmediatez de Internet o a lo frío de algunas frases o incluso para dar un uso más impersonal y familiar y cercano al que lo lee se pueda hacer uso de un igual paréntesis cerrado, dos puntos paréntesis o equis de.

Aunque espero que estéis conmigo si digo que hemos vivido con libros toda nuestra vida y los hemos entendido sin necesitar esos emoticones. Entendemos que lo que dice tal o cual personaje o lo que sucede en la obra es cómico o dramático sin necesidad de simbolitos.

Lo que no entiendo es el LOL. Si, se que es el acrónimo de Laughing Out Loud, Lot Of Laughs o Laugh Out Loud, es decir “Un montón de risas” o algo así, pero es que es inglés. Aquí ya tenemos el :) o incluso el XD o cualquier otro, ¿pero LoL? Pero lo que encuentro ya peor y aberrante es las personas que dicen “LOL” en sus conversaciones habladas.

¿Tan poco te sabes expresar que no sabes usar una expresión normal hablada? Lo encuentro tan patético como cuando la gente decía Jarl o cosas así.
Si yo me quiero reír o encuentro algo gracioso sonrío y si quiero expresarlo mejor emito unos sonidos que salen del estomago y suben haciendo que el aire salga cortado intermitentemente llamados “risa” o “carcajada”. O digo “que gracioso”. Pero no LoL. Que no significa nada.

En fin…

La dama.

Posted in Cosas que contar, Mira que hago on May 15th, 2009

Érase una vez que se era en un lugar muy lejano más hermoso de lo que puedas imaginar, en un mundo tan gris y zafio que la persona más amable eran tan malvada como aquella de corazón más puro y maléfico, había una pequeña aldea.

Allí no vivía nadie importante. Ninguna hazaña importante se produjo ni se gestó y nadie pasó a la historia por nada que merezca reseñarse.
Pero como en la vida de toda persona humilde y apocada siempre hay un momento que, aunque no sea extraordinario para muchos ni merezca siquiera una nota a pie del libro más malo del mundo, le llena a uno el corazón y le llena de ilusión durante un tiempo y lo cuenta orgulloso a sus nietos, porque no le pasó a otra persona ni sucedió de otro modo. Le sucedió a él.

Se que no os sorprenderá. Y que seguramente nadie, absolutamente nadie, lo aprecie. “Es algo común”. O pensareis “no veo el qué”, pero debéis pensar que era otra época y otro momento. No había televisión. No había cine. No había periódicos. Solo existía el boca a boca y las historias llegaban distorsionadas. Por allí no pasaban marqueses ni duques ni condes ni mucho menos el rey, salvo que pasaran de incógnito, que en tal caso, al no existir fotos ni nadie haber estado en una ciudad de verdad, no lo podrían saber.

El caso es que él solo tenia una mula. Tenia más cosas, desde luego. Una casa, un terrenito que daba patatas y tomates. Un cerdo y gallinas ponedoras. Aún así, en realidad, todo era de su señor suegro, menos la mula.

Un día iba montado sobre la mula bajando al pueblo para comprar un cubo y ver a su madre, donde pasaría la noche, cuando de pronto se le cruzó un zorro tan cerca, tan cerca, que la mula se asustó y lo tiró al suelo. Al caer se rompió un brazo y se torció el tobillo, con lo que no se pudo levantar. El pueblo estaba muy cerca, pero el camino era segundario y nadie pasaba por allí.

Al principio le dolía tanto y tanto que no podía aguantar el dolor y se desmayó, luego al despertar el cuerpo lo tenia tan frío y entumecido que ya no le dolía, pero tampoco se podía mover.

Y entonces pasó. Era la noche más hermosa que uno pueda imaginar. La vida, los animales, incluso las plantas parecían cantar. Las estrellas brillaban y el río susurraba solo para él. Y aquella doncella le miró y le sonrió. Brillaba. No había luz, pero por lo más sagrado, brillaba. No le tocó, no le dijo una palabra pero empezó a notar que se desentumecía y ya no le dolía nada, ni siquiera el brazo que seguía roto.

Se agachó y le metió un anillo en la boca y comenzó a desnudarle. Le untó el cuerpo de una suave crema y le colocó el hueso del brazo en su sitio, sin dolor. Y después le vendó y le volvió a colocar la ropa. Por último le quito el anillo y el dolor volvió, pero suave. El pie no le dolía, solo el brazo, pero era soportable. Ella se agachó sobre él y le besó y posteriormente le quitó la bolsa del dinero y se llevó la mula.

Cuando volvió a casa ya salía el sol. Estaba tiritando y mojado por la escarcha, con fiebre.
Les contó la historia a sus suegros y a su esposa, los cuales no la creyeron por absurda. “Al caer, los bandidos te robaron, idiota. Y todo el resto de la historia es culpa de la fiebre”.
Pero él sabia que tenia razón. Un bandido no le habría curado, habría dejado que se muriera. ¿Quizá un ángel? ¿Un espíritu del campo?
Nunca lo sabría, solo sabia que esa noche le había salvado la vida y que no le robó, tan solo cobró sus servicios por curarle.

Nunca más la vio y nadie la conocía en el pueblo. Todo el mundo estuvo de acuerdo en que fue producto de la fiebre.

Pero él sabia que aunque no fue algo extraordinario para muchos ni merecía siquiera una nota a pie del libro más malo del mundo, le llenaba el corazón y le llenaba de ilusión durante un tiempo y lo contaba orgulloso a sus nietos, porque no le pasó a otra persona ni sucedió de otro modo. Le sucedió a él.